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Haciendas

Originalmente, el término "hacienda" se refería a un "conjunto de bienes", por eso, durante los primeros años de la época colonial las ahora llamadas haciendas eran más bien estancias asignadas a los encomenderos españoles.

En el transcurso del siglo XVII las estancias fueron creciendo en extensión y número, y se situaron en regiones cada vez más apartadas de las poblaciones importantes; pero su actividad primordial siguió siendo la producción de ganado. Durante el siglo XIX muchas de las haciendas maicero-ganaderas, especialmente las de Mérida, se transformaron en henequeneras.

El henequén creó un escenario completamente nuevo que abarcaba el paisaje y los edificios de la hacienda, incluyendo las viviendas de los trabajadores. La casa principal expresaba la presencia del hacendado; la casa de máquinas, concebida muchas veces como un verdadero templo o palacio del trabajo; la iglesia o capilla como parte de la casa principal; las casas de los trabajadores, modernas también, de mampostería y teja ubicaban al peón en el nuevo mundo apropiado por el hacendado, que abarcaba todo el territorio visible.

A mediados de 1940, cuando se inventaron los hilos sintéticos, la industria del henequén cayó abruptamente y con ello, el esplendor de las haciendas. Por fortuna, algunos cascos de haciendas condenados a convertirse en escombros, han podido recobrar su auge y esplendor, al ser adquiridos por personas de gran sensibilidad y amantes de su cultura regional, que invirtiendo cuantiosas sumas en su restauración, las han convertido en hoteles, restaurantes, paradores de lujo, museos, casas de campo y recreo o en centros redituables destinados a eventos sociales.

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